El ciclo menstrual y el cuerpo femenino han sido considerados sagrados en todas las culturas matriarcales hasta hace 5000 años, donde la “invasión” del patriarcado acabó con estas culturas, sus tradiciones y su conexión con la tierra, los astros y sus procesos.

Las culturas derivadas del patriarcado, con la firme intención de someter a las mujeres a sus mandatos; se encargaron de relacionar el ciclo menstrual con la vergüenza, la degradación, lo impuro, el miedo y la enfermedad. Culturas que han ido evolucionando en lo tecnológico, en el concepto de ciudadanía, en los derechos humanos….pero que aún hoy mantiene oculto bajo todo tipo de mensajes y tabúes los ciclos de la vida sexual de las mujeres.

Comenzando por la menarquía, la menstruación, el parto, la lactancia….todos ellos silenciados, intervenidos, manipulados….desde la bienintencionada razón de que la vida continúe como si esos procesos no existieran. Desde la menarquía, todos los mensajes se encaminan a que no se note, a que sigas haciendo tu vida “normal” y eso es lo que se valora socialmente; el estar por encima de esos procesos, como si nuestra naturaleza fuera lineal y no cíclica.

La menarquía, la llegada de la primera menstruación, es uno de los ritos de paso que esta sociedad ha hecho desaparecer; dándoles todo tipo de información biológica, pero desconectada de la repercusión que esto tiene a nivel emocional, cognitivo, social y trascendental.

En palabras de la Dra. Christiane Northrup; ginecóloga y obstetra; podemos recuperar la sabiduría del ciclo menstrual sintonizando con nuestra naturaleza cíclica y celebrándola como fuente de poder femenino. El flujo y reflujo de los sueños, la creatividad y las hormonas que intervienen en las diferentes partes del ciclo nos ofrecen una profunda oportunidad de ahondar nuestra conexión con nuestro saber interior.

Las mujeres que acompañan a las niñas desde diferentes lugares, madres, hermanas, matronas, ginecólogas, maestras…. Tienen que poder transmitir este conocimiento de lo cíclico, de lo fisiológico en relación con el resto de esferas que nos componen como mujeres.

Por ello es fundamental, tomarse la menarquía, como un momento trascendental en la vida de las niñas, que en ese momento, pasan un umbral, en el que comienza el camino de convertirse en mujeres. Y de cómo se pasa este umbral, va a depender, cómo se va a relacionar esa mujer con su propio cuerpo y con el de las demás personas. De cómo viva su naturaleza cíclica, dependerán también determinados trastornos asociados a los ciclos menstruales, que poco tienen que ver con lo biológico, y mucho con las ideas y creencias que tenga sobre su propio cuerpo.

La naturaleza cíclica de las mujeres, es una representación a menor escala de lo que sucede en la naturaleza en las estaciones del año, en las mareas…. Todos estos ciclos están influenciados por las fases de la luna; porque interaccionan con el campo electromagnético de nuestro cuerpo, e influye en nuestros procesos fisiológicos. Por ello, diversos estudios, han demostrado la influencia de las fases de la luna en las hormonas, tanto en los momentos de ovulación, como en el momento del parto.

El estado físico tiene una repercusión directa en el estado mental y emocional de una persona, y viceversa. Sabemos que en la fase de ovulación una mujer, cuando los estrógenos están en los niveles más altos las emociones, pensamientos y comportamientos de las mujeres están más orientados hacia el mundo exterior; y que en la fase premenstrual, cuando la progesterona está en los niveles más altos, la tendencia de las mujeres es más hacia centrarse en sí mismas y actividades orientadas hacia el interior. Por lo tanto, podemos educar y compartir con las niñas, que las hormonas son sus “aliadas”, que están ahí para indicarle el camino de lo que su cuerpo y su alma necesita; que ir en contra del propio ciclo sólo nos lleva a la desconexión y esa desconexión nos lleva a la enfermedad, a conductas de riesgo,….que comienzan en esta etapa de la menarquía, y van evolucionando a lo largo de toda la vida.

Tenemos que trasmitirles a las niñas, futuras mujeres, que su cuerpo es sabio, que funciona bien, que sus emociones y sentimientos son guías verdaderas, que se escuchen, que se acojan, que se cuiden y que disfruten. En definitiva, como dice Cristina Romero :

“La naturaleza habita en nuestros cuerpos, y si nos abrimos a escucharla, nos regala su gran poder: el poder ir a favor de nosotras mismas, el poder de conocer nuestras necesidades cambiantes y atenderlas. El mayor tesoro de la naturaleza femenina es la capacidad que te da para apreciar y valorar que todo cambia (dentro y fuera de ti), y que eso es perfecto.».

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